LA BANDERA BLANCA DEL AMOR Y DE LA PAZ

 
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"Me veía yo en un campo. Y veía venir a Jesucristo del oriente, en la forma de un niño, como de siete años. Me miraba intensamente y con mucho amor. Tendía sus manos hacia mí, y yo sentía en mi alma que Jesucristo me estaba manifestando que me amaba muchísimo y que quería que yo me fuera con Él".......


 
 
LA BANDERA BLANCA DEL AMOR Y DE LA PAZ

Páginas de un cristiano

"Me veía yo en un campo. Y veía venir a Jesucristo del oriente, en la forma de un niño, como de siete años. Me miraba intensamente y con mucho amor. Tendía sus manos hacia mí, y yo sentía en mi alma que Jesucristo me estaba manifestando que me amaba muchísimo y que quería que yo me fuera con Él".......

Cuando los hombres y mujeres de buena voluntad comprendan que el camino de la paz y del amor es el verdadero camino de Jesucristo..., entonces terminarán las guerras, las penas de muerte, los castigos terribles y la desigualdad.........

¡Despertad, pequeños, despertad!...,

¡porque hay una bandera que izar!...:

¡La Bandera Blanca del Amor y de la Paz!...

..............................
Animaos, pequeños, vosotros que sufrís tanto y en algunas ocasiones, sufriendo dolorosas enfermedades o persecuciones, sentís que estáis al borde del final, y ya casi sin aliento... En esos momentos, no penséis que estáis solos...

porque miles de ojos te ven desde el cielo,

y, pendientes de ti, esperan el tiempo...

de poder abrazarte, cuando hayas superado tu prueba,

cuando ya sin vida y sin aliento,

creyéndote en un desierto de soledad,

te acuerdes de Dios por un momento.

Entonces vendrá un vacío, una oscuridad,

una necesidad muy grande de Jesucristo, y más tarde... un beso..., una pequeña luz, una flor, un gozo indecible, una sensación sublime de amor, una claridad muy grande..., y sobre un horizonte maravilloso situado junto a ti... ¡un mundo nuevo!... Y allí, y como esposo fiel, te estará esperando tu amor, Jesucristo... Con los brazos abiertos...

Esta carta de amor y esperanza está dedicada a todas las personas de buena voluntad que sufren persecución y dolor en este mundo...

LA BANDERA BLANCA DEL AMOR Y DE LA PAZ

INTRODUCCIÓN

EN EL COMIENZO DE MI VIDA

Cuando nací, eran tiempos de hambre, guerra, persecuciones, fusilamientos, condenas de muerte, y tiempos en que se cometían muchísimas atrocidades contra las personas indefensas en muchos pueblos del mundo. Aquellos parecían los tiempos del fin profetizados por Jesucristo, los profetas y los apóstoles.

Nací en la noche de San Juan, muy celebrada en mi pueblo, entre los días 23 y 24 de junio. Pero en aquellos días no todo eran celebraciones ni fiestas, pues había acabado la guerra hacía pocos años y el hambre era una plaga terrible para muchas familias. La guerra había comenzado en 1936 y acabó en 1939. En estos tres años interminables de guerra y después de la guerra, las matanzas y los fusilamientos fueron atroces, igual que fueron atroces en otros países en guerra, pues enseguida comenzó la Segunda Guerra Mundial, que acabó con la vida de muchos millones de personas. Pero, si crueles fueron las persecuciones y matanzas en las guerras y después de las guerras, no menos crueles iban a ser las plagas del hambre, las enfermedades, la falta de amor y la desigualdad brutal entre ricos y pobres que acabaron con la vida de tantísimas personas.

Jesucristo nos predicó respeto a la vida de las personas, y también igualdad y reparto de bienes entre los cristianos... y el mundo cada día inventaba religiones adoradoras de hombres ambiciosos que imponían penas de muerte, y que se hacían ricos a costa de la miseria de los pobres, y que predicaban que los que se hacían poderosos y ricos habían sido puestos en la tierra para "administrar los bienes de los pobres"... Estos malos ejemplos de las religiones que se hacían llamar ?cristianas?, hicieron que muchos perdieran la fe y se hicieran enemigos de todo lo que se llama Dios o religión.

Jesucristo había mandado predicar el Evangelio por todos los pueblos, y el Evangelio había dejado abolidos muchos preceptos del viejo testamento judío porque aquellos preceptos eran preceptos de penas de muerte y esclavitud que Dios no había mandado, por eso Jesucristo los abolió. Pero después de Jesucristo y de los apóstoles, en los siglos siguientes aparecería la religión del imperio romano (religión del emperador Constantino y sus sucesores, siglo IV). Estos emperadores y todo el poder político y religioso que les acompañaba, no amaban el Evangelio, y por esta causa impusieron sus biblias cargadas de libros judíos y judaizantes que dejaron ahogados y desplazados los mandamientos que Jesucristo nos enseña en el Evangelio, que son los verdaderos mandamientos que Dios había dado al pueblo en tiempos de Moisés.

Desde el siglo IV, los emperadores de Roma y luego otros poderosos de otras naciones, justificándose en las leyes de penas de muerte y guerras del viejo testamento, impusieron sistemas de terror, inquisiciones y guerras que han dejado espantado al mundo. Desde entonces, el lema de las grandes religiones es el siguiente: "LAS BIBLIAS", "LAS BIBLIAS"... Pero Jesucristo no había mandado predicar las biblias judías ni judaizantes, pues Jesucristo había mandado predicar solamente el Evangelio.

Y en este mundo judaizante de las biblias impuestas por los emperadores de Roma y de otros imperios, nacería yo. Y yo, como el Elías que había de venir, tendría que exclamar: "EL EVANGELIO", "EL EVANGELIO"..., pues Jesucristo había mandado a sus discípulos predicar por todos los pueblos solamente el Evangelio:

"Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado". (Marcos 16:15-16).

Y es que el Evangelio de Jesucristo contiene y enseña los verdaderos mandamientos de Dios, que son los únicos mandamientos que se deben guardar para entrar en la vida, pues Jesucristo así dijo:

"si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mateo 19:17)

Este libro está dedicado a recordar las visiones y revelaciones que hemos tenido de Jesucristo aquellos cristianos que hemos sido elegidos por Dios para esta obra tan preciosa. También recordamos en él las vivencias de esa gran lucha que siempre han tenido que soportar muchos cristianos y que también nosotros hemos vivido. Pero antes de presentar las páginas dedicadas a nuestras vivencias y a las revelaciones que hemos tenido de Dios, os invito a recordar las enseñanzas de Jesucristo que nos enseñan los verdaderos mandamientos de Dios.

EL AMOR QUE OBRA POR LA MISERICORDIA

Cuando se descubre que Dios es amor, podemos encontrar la verdadera Ley de Dios desde los mandamientos del amor. También podemos encontrar a la verdadera Iglesia si seguimos fielmente el camino del amor.

El amor es lo más grande: "Dios es amor"... Y hay una enseñanza maravillosa del amor, y es aquel amor que obra por la misericordia. Jesucristo nos habló de este amor, y así nos dijo:

"todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas".

Jesús también enseña los verdaderos mandamientos de la Ley de Dios que debemos guardar para entrar en la vida y que así nos dicen:

"Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios" (Mateo 19:16-24)

A los hombres codiciosos que se hacen dueños de muchas posesiones les cuesta muchísimo entregar sus bienes a los pobres. Ellos no quieren el camino de la misericordia y prefieren imponer sacrificios y esclavitud a los pobres. Por eso, Jesucristo también les dijo:

"... si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7)

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". (Mateo 22:34-40)

El Señor no mandó que se mate a las personas que cometen faltas, sino que se les perdone, pues el Evangelio así nos dice:

"Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete". (Mateo18:21-22)

"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". (Mateo 6:14)

Jesucristo es Dios y, en su misericordia, vino a enseñar a sus hijos e hijas los verdaderos mandamientos que Dios había dado a los hombres desde el principio y luego en tiempos de Moisés. Todo lo que hizo Jesucristo fue necesario para que los hombres volvieran a conocer los verdaderos mandamientos de Dios, porque después de Moisés, los escribas dominados por los poderosos del pueblo, habían cambiado la Ley en mentira como nos avisaron los profetas. Los profetas así nos dicen:

"...mi pueblo no conoce el juicio de Yavé. ¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Yavé está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas" (Jeremías 8:7-9).

"Así ha dicho Yavé el Señor: Esta es Jerusalén; la puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella. Y ella cambió mis decretos y mis ordenanzas en impiedad más que las naciones, y más que las tierras que están alrededor de ella; porque desecharon mis decretos y mis mandamientos, y no anduvieron en ellos". (Ezequiel 5:5-6)

"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, cambiaron los mandamientos, quebrantaron el pacto sempiterno" (Isaías 24:5-6).

Y Jesucristo, recordando las palabras del profeta Isaías, también les dijo a los escribas y fariseos que estaban enseñando mandamientos de hombres:

"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:
Este pueblo de labios me honra;
Mas su corazón está lejos de mí.
Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres". (Mateo 15,7-9)

Los escribas judíos después de Moisés habían cambiado la Ley de vida dada por Dios a los hombres en una ley de muerte y de esclavitud que nadie podía soportar... Jesucristo, en su misericordia, volvió a entregar a los hombres los verdaderos mandamientos de Dios, y con ellos anuló los preceptos de los hombres escritos en el viejo testamento.

LA LEY QUE JESUCRISTO NO VINO A ABOLIR ES LA LEY DEL EVANGELIO

Muchos religiosos tienen una gran equivocación cuando dicen que Jesucristo no vino a abolir ningún mandamiento de la ley del viejo testamento, pues interpretan mal los versículos del Evangelio que dicen así:

"No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas..., ni una jota ni una tilde pasará de la ley..." (Mateo 5:17-20).

La Ley y los profetas no son todas las leyes del viejo testamento, pues Jesús abolió muchas de esas leyes. La Ley que Jesucristo no abolió es la verdadera Ley de Dios, que es la que Él mismo nos enseña en el Evangelio, porque Jesucristo mismo nos dice que ésta es la Ley y los profetas:

"todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12).

Como vemos, la Ley que Jesucristo no abolió es la verdadera Ley de Dios, que es la que Jesucristo mismo nos enseña en el Evangelio, porque Él mismo nos dice que "ésta es la ley y los profetas":

Por tanto, ésta es la Ley que Dios dio a Israel porque Jesucristo dice que "ésta es la ley y los profetas". Ésta es la Ley que sigue vigente, que Jesucristo no vino a abolir ("No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas"). Y ésta es la Ley de la que no ha pasado "ni una jota ni una tilde", esto es, de la Ley que Jesucristo nos enseña en el Evangelio.

Este libro de la Bandera Blanca fue escrito de una forma sencilla en el principio, y más tarde, en otras versiones, iríamos incorporando otras experiencias y revelaciones posteriores al primer libro. Pero todas las versiones están dedicadas a descubrir lo que Dios quiere, lo que Dios ama, y también a descubrir los verdaderos mandamientos de Dios.

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1..... MANDAMIENTOS DEL VIEJO TESTAMENTO ABOLIDOS POR JESUCRISTO

Como hemos visto, la Ley que Jesucristo no vino a abolir es la que Él mismo nos enseña en el Evangelio, y que es la verdadera Ley que había recibido el mundo en tiempos de Moisés. Pero del viejo testamento Jesucristo sí que abolió muchos mandamientos, como vamos a ver a continuación. Cuando Jesucristo predicó el Evangelio, así nos dijo:

"Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa....... ". (Mateo 5:...)

El Señor dejó abolida esta ley del "ojo por ojo y diente por diente" porque era una Ley que no contemplaba el perdón ni la misericordia.

Los judíos, en muchos casos también degollaban, ahorcaban o mataban de alguna forma a sus enemigos, y no solamente a ellos, sino que luego, como nos dicen las leyes del viejo testamento, entraban en los pueblos vencidos y en muchos casos también mataban a los niños y a las mujeres..., diciendo que era mandato de Dios. Pero Jesucristo que es Dios nos manda todo lo contrario, pues así nos dice:

"Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen...." (Mateo 5...)

Jesucristo dejó abolidas estas leyes del viejo testamento que mandan aborrecer y matar a los enemigos..., y nos manda que amemos a nuestros enemigos. Jesucristo es Dios y vino a enseñarnos los verdaderos mandamientos de Dios. La puerta ancha por la que entran muchos es perseguir y matar a los enemigos. La puerta estrecha por la que no quieren entrar muchos es la misericordia y el perdón, y siempre recordar el mandamiento de Jesucristo:

"Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen...." (Mateo 5...)

Otras leyes del viejo testamento abolidas por Jesucristo:

"También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de prostitución, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio". (Mateo 5:...)

Los judíos habían escrito en la ley del viejo testamento que podían separarse de las mujeres por muchos motivos cuando se cansaban de ellas, pero Jesucristo deja abolidos estos mandamientos.

"Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra.......". (Mateo 5:...)

Los judíos tenían costumbre de jurar en muchos casos, y así lo dejan escrito en las leyes del viejo testamento... El Señor deja abolidos estos preceptos sobre los juramentos.

Nos dice el Viejo testamento: "Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos. (Levítico 20:10)

"Y la hija del sacerdote, si comenzare a fornicar, a su padre deshonra; quemada será al fuego". (Levítico 21:9)

No es eso lo que hizo Jesucristo con la mujer adultera en el Ejemplo del Evangelio: "Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8.

Con esta enseñanza, Jesucristo dejó abolidos los mandamientos del viejo testamento que mandaban matar a las personas por diversas causas, porque todos los hombres son pecadores, por lo tanto, ningún hombre tiene autoridad, ni nunca la tuvo, para matar a sus semejantes.

Jesucristo era el Único que tenía la autoridad, porque Él es Dios, y porque Él era el único libre de pecado..., pero Él tampoco condenó a la mujer para que el mundo supiera que lo que Dios quiere es la misericordia y el perdón y no los sacrificios, y mucho menos sacrificios de personas:

"... si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7)

SOBRE LA LEY DEL DÍA DE REPOSO DEL VIEJO TESTAMENTO:

Nos dice el viejo testamento que no se hiciera obra alguna en día de reposo, y en relación a ese mandamiento, el viejo testamento nos dice: "Estando los hijos de Israel en el desierto, hallaron a un hombre que recogía leña en día de reposo. Y los que le hallaron recogiendo leña, lo trajeron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación.......... Entonces lo sacó la congregación fuera del campamento, y lo apedrearon, y murió........". (Números 15:32-36).

No es eso lo que nos mandó Jesucristo, pues Jesucristo permitió a sus discípulos arrancar espigas en día de reposo (hacer obras de misericordia en día de reposo):

"En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar espigas y a comer. Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo. Pero él les dijo: ¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre......... Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes; porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo". (Mateo 12:1-8)

"Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día. Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. El les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda" (Juan 5:8-11)

Y además, el apóstol Juan nos dice que Jesucristo quebrantaba la ley del día de reposo como la guardaban los judíos y por esta causa los judíos querían matar a Jesús:

"Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios". (Juan 5:16-18.


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2..... EN EL COMIENZO DE MI VIDA

Cuando nací, eran tiempos de hambre, guerra, persecuciones, fusilamientos, condenas de muerte, y tiempos en que se cometían muchísimas atrocidades contra las personas indefensas en muchos pueblos del mundo. Aquellos parecían los tiempos del fin profetizados por Jesucristo, los profetas y los apóstoles.

A causa de los malos ejemplos de las religiones que se hacían llamar cristianas, sin serlo realmente, surgieron grupos contrarios a estas religiones, como muchos políticos "socialistas", que por su parte, predicaban igualdad y libertad... pero, luego, muchos de ellos que tomaban el poder de los pueblos, inventaban filosofías ateas y enemigas de todo lo que se llama Dios o religión, para imponer en su lugar sistemas de terror y de penas de muerte que no se diferenciaban en mucho de las leyes de muerte que imponían los jefes de la naciones que se hacían pasar por cristianos.

Pero el mundo no viviría solamente estos dos extremos, pues también aparecerían los grandes pueblos del mundo disfrazados de demócratas, que, con sus leyes, castigos, guerras y penas de muerte, en muchos casos no se diferenciaban mucho de las grandes imperios en guerra de izquierdas o de derechas.

Todos predicaban justicia y prometían a los pueblos respeto y libertad..., pero grandes colectivos de los pueblos esperaban y esperaban el cumplimiento de las promesas ofrecidas y llegaban a viejos y morían sin ver cumplidas las promesas de paz y bienestar.

El mundo y sus pueblos se habían olvidado del Evangelio y de la forma de vida que habían vivido los apóstoles y primeros cristianos... y ésta fue la causa de todo aquel desorden, de todo aquel mundo en guerra, y de todas las desigualdades e injusticias que estaba viviendo el mundo. Yo estaba en medio de todo, conocí los principales movimientos políticos y religiosos y, si tuviera que relatar todas las injusticias y grandes mentiras cometidas por los hombres, no terminaría nunca este libro.

Los profetas, y luego los apóstoles, nos avisaron de que en los tiempos del fin surgirían las grandes Bestias que dominarían sobre el mundo. Y las Bestias profetizadas son las guerras y los grandes ejércitos preparados para las guerras. Todas estas cosas que iba descubriendo las guardaba en mi corazón, y después de muy cansado y experimentado en todas las mentiras y calamidades que vivía el mundo, me refugié en el Evangelio y busqué mi camino sólo en las enseñanzas y promesas de Jesucristo. Pero esta decisión no la tomaría hasta después de pasados muchos años..., años de sufrimiento y aprendizaje que tuve que vivir hasta ver claramente el camino que Dios había elegido para mí.

¿QUIÉN SEGUÍA EL CAMINO DE LA MISERICORDIA?

Los pueblos del mundo, en su mayoría, habían abandonado el amor que predicó Jesucristo y prefirieron seguir el camino de la injusticia social: las guerras, las penas de muerte y las terribles desigualdades. Y en estos tiempos de angustia nacería yo para ser testigo de este sistema de cosas.

Pero en el mundo había otra causa olvidada, aunque aún presente, ¡silenciada... pero aún viva!... Esta causa se llamaba: el Evangelio de Jesucristo... Los que quieran defender y vivir la verdadera religión, tienen que volver al Evangelio que enseñó Jesucristo y que vivieron los apóstoles y primeros cristianos en el primer siglo del cristianismo... Y esta enseñanza y estos ejemplos nos dicen en todo momento que los cristianos no deben odiar, ni perseguir, ni matar a nadie, ni hacer guerras. Tienen que tener a todos los cristianos como hermanos y tienen que tener todos sus bienes en común con ellos. Mientras los hombres no sigan fielmente estas enseñanzas y mandamientos de Jesucristo, no se vivirá la verdadera religión ni se podrá seguir el verdadero camino del amor y de la paz...

"Este libro está dedicado a recordar las visiones y revelaciones que hemos tenido de Jesucristo aquellos cristianos que hemos sido elegidos por Dios para esta obra tan preciosa. También recordamos en él las vivencias de esa gran lucha que siempre han tenido que soportar muchos cristianos y que también nosotros hemos vivido".

Pero antes de presentar las páginas dedicadas a nuestras vivencias y a las revelaciones que hemos tenido de Dios, os invito a recordar las cosas que ocurrieron cuando las religiones del imperio romano y de otros imperios de terror impusieron las leyes de muerte y de esclavitud del viejo testamento para anular los misericordiosos mandamientos del Evangelio.

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3..... ¿QUIÉN IMPUSO LAS BIBLIAS?

Como hemos visto en el capítulo primero, Jesucristo abolió muchos mandamientos del viejo testamento y volvió a enseñarnos los verdaderos mandamientos de Dios, que son los mandamientos que nos enseña el Evangelio. La discusión que mantuvo Jesucristo con los judíos por causa de la ley es mucho más amplia y a esta discusión está dedicada una gran parte del Evangelio.

Jesucristo dio su vida para enseñarnos los verdaderos mandamientos de Dios y para librarnos de los mandamientos de los hombres escritos en el viejo testamento. Por eso, los únicos mandamientos que debemos seguir los cristianos son los mandamientos del Evangelio, pues Jesucristo mandó que se predicara por todos los pueblos solamente el Evangelio:

"Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin". (Mateo 24,11-14).

"Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado". (Marcos 16:15-16).

Jesucristo vino a anular los mandamientos escritos en el viejo testamento que faltaban a la misericordia porque aquellos preceptos sólo eran preceptos de hombres. Jesucristo nos vino a enseñar los verdaderos mandamientos de Dios, porque Él era la luz que luce en las tinieblas para iluminar el camino de las personas de buena voluntad y así conocieran los verdaderos mandamientos de Dios.

Pero muchos poderosos del pueblo no recibieron los verdaderos mandamientos de Dios, que son los que nos enseñó Jesucristo..., pues, acostumbrados a las guerras y a las penas de muerte, prefirieron seguir las leyes del viejo testamento. Ellos no recibieron los mandamientos de Jesucristo y después de este mal, siguieron haciendo otros males. Y uno de estos males horribles fue mandar a los romanos que crucificaran a Jesucristo.

Después de que fue crucificado Jesucristo y después de resucitado y de subir a los cielos, los apóstoles y primeros cristianos también dieron su vida predicando el Evangelio por todos los pueblos. Pero los verdaderos mandamientos de Dios, que son los que nos enseña el Evangelio, después de Jesucristo y los apóstoles volverían a ser ahogados y silenciados para volver a imponer en su lugar los mandamientos de muerte y esclavitud del viejo testamento que Jesucristo había dejado anulados con su predicación.

Jesucristo había mandado que se predicara por todos los pueblos solamente el Evangelio, pues así dijo:

"Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado". (Marcos 16:15-16).

"Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin". (Mateo 24,11-14).

Esto es lo que había mandado predicar Jesucristo: solamente el Evangelio (los misericordiosos mandamientos del Evangelio). Pero los mandamientos del Evangelio, que son los verdaderos mandamientos de Dios, volvieron a ser olvidados, ahogados o desconocidos en el siglo IV después de Cristo.

LOS EMPERADORES DE ROMA DEL SIGLO IV Y SU RELIGIÓN DEL ESTADO FUERON LOS QUE IMPUSIERON A LOS CRISTIANOS LOS LIBROS DE LAS BIBLIAS QUE TIENEN AHORA LAS RELIGIONES.

En el siglo III, las cosas empezaron a cambiar, y los mandamientos del Evangelio empezaron a ser olvidados. Y ya en siglo IV los judaizantes de Roma dominados por los emperadores de Roma y su religión, volvieron a imponer, como si fueran leyes de Dios, las leyes del viejo testamento que Jesucristo había dejado abolidas, y las volvieron a llamar "mandamientos de Dios".

En el año 382, en el Sínodo Romano, por el Decreto del obispo Dámaso, se decidió qué libros se aceptaban y qué libros se rechazaban. Después, en 386, en el III Concilio de Cartago se prohíbe tener como escritura divina cualquier libro que no fuera de los que allí se escogieron.

La carta de Inocencio I a Exuperio (año 405) indicaba los libros que entraban en el canon y los libros que eran rechazados y condenados por el imperio católico dominado por los emperadores de Roma...: en aquel canon entraban los libros del viejo testamento que contenían todas las leyes que Jesucristo había abolido cuando predicó el Evangelio. También incluyeron en sus biblias las cartas atribuidas a Pablo que habían sido torcidas por los indoctos. Con la imposición de aquellos escritos que contenían leyes judaizantes, el imperio de Roma confundió a muchísimos cristianos.

Estas disposiciones del imperio romano tan alejadas del respeto que se le debe a Jesucristo, las siguieron todos los movimientos católicos y después otras religiones dominadas por los poderosos de las naciones. Y en estos últimos tiempos, a todas las leyes del viejo testamento las siguen llamando "mandamientos de Dios" todas las religiones llamadas "cristianas", y también otros grupos más o menos judaizantes.

Los emperadores de Roma y su religión del estado también incluyeron las cartas atribuidas a Pablo, y alguna otra carta, con sus puntos difíciles torcidos por los indoctos..., puntos difíciles que han confundido al mundo y que los poderosos de las naciones han usado para imponer al mundo otro "evangelio" diferente. Estas cartas justifican la ley de la esclavitud y de la espada que imponen los dictadores poderosos de las naciones.

Y con estas enseñanzas impuestas por el imperio romano, así es como acabaron con el verdadero cristianismo, que es el que nos enseña el Evangelio, para dar paso a los sistemas de terror de penas de muerte, de torturas y de inquisiciones del imperio religioso de Roma que dejaron espantado al mundo.

Desde entonces (siglo IV), los pueblos cristianos no pudieron volver a vivir los misericordiosos mandamientos que Jesucristo les había mandado guardar cuando predicó el Evangelio. Una vez más, los hombres habían cambiado los verdaderos mandamientos de Dios igual que pasó en la antigüedad. Recordemos de nuevo las palabras de los profetas:

"...mi pueblo no conoce el juicio de Yavé. ¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Yavé está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas" (Jeremías 8:7-9).

"Así ha dicho Yavé el Señor: Esta es Jerusalén; la puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella. Y ella cambió mis decretos y mis ordenanzas en impiedad más que las naciones, y más que las tierras que están alrededor de ella; porque desecharon mis decretos y mis mandamientos, y no anduvieron en ellos". (Ezequiel 5:5-6)

"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, cambiaron los mandamientos, quebrantaron el pacto sempiterno" (Isaías 24:5-6).

Con las palabras de estos primeros capítulos, he querido explicar ampliamente cuál fue el motivo de los grandes desastres que ha vivido el mundo y cuál fue el motivo de expresar mis vivencias espirituales que relataré en las siguientes páginas.

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4..... EN AQUELLOS TERRIBLES AÑOS PARA LOS POBRES NACERÍA YO... LA FALTA DE RECURSOS AFECTARÍA A MI FAMILIA Y A MI VIDA, Y ADEMÁS, SUFRÍ GRAVES PELIGROS.

Además de la pobreza que vivíamos, en los primeros días de mi vida comenzó una gran persecución contra mí, pues en los primeros meses de mi vida fui amamantado con la leche de los pechos de mi madre estando ella embarazada de una hermana. Aquella leche de una mujer embarazada me produjo trastornos tan graves que pudieron haberme costado la vida. Mi estómago dañado no asimilaba ningún alimento, y mi vida peligraba. Mi madre, desesperada, acudió al médico, y el médico, sin saber qué hacer, me declaró desahuciado..., pero tuvo un profundo sentimiento que comunicó a mi madre, pues le dijo que me acercara donde hubiera alimentos y que me permitiera comer aquello que me gustara. Por fin, mi madre encontró algo que me gustaba chupar; esto era las uvas pasas. Mi madre me dijo que aquel fruto salvó mi vida. Pasó el tiempo y me fui fortaleciendo... Los intentos de satanás y sus demonios por acabar conmigo quedaron destrozados. En los años siguientes viviría experiencias que aún recuerdo y que quedarían marcadas en mi mente y en mi corazón.

Pasaron los años y un día de invierno salí a la plaza del pueblo donde vivía, para tomar el sol. Llevaba una bufanda que protegía mi cuello del frío. Un muchacho mayor que yo, y con muy malas intenciones, en un descuido de mis hermanos que me cuidaban, se acercó a mí y me apretó tan salvajemente el nudo de la bufanda que llevaba al cuello, que me cortó la respiración; luego se apartó de mí y me dejó solo. En un intento desesperado busqué a mis hermanos para que me quitaran la bufanda, pues yo no podía (tendría 4 o 5 años y el nudo estaba muy apretado), me estaba asfixiando... Mis hermanos, en cuanto me vieron, desesperadamente me aflojaron el nudo de la bufanda lo antes que pudieron... Yo, en mi corta edad, solo tenía una pequeña comprensión de lo que era la vida y la muerte, pero aquel acto criminal de aquel muchacho varios años mayor que yo, me pudo haber costado la vida. Aterrorizado por aquella maldad, quedé muy traumatizado.

Por aquellos días, días antes o después de aquel suceso, en el patio de una casa, cuya puerta principal daba a la plaza, donde yo había vivido aquel triste suceso de maldad, vi a un hombre que en la vara de un carro estaba ahorcando a un perro. El perro era un galgo de bastante tamaño, y desesperadamente se movía y con las uñas de sus patas intentaba quitarse la soga de su cuello. Ni mi alma ni mi mente ni mi corazón podían comprender tanta dureza de corazón. Yo, aterrorizado, corrí a buscar a mis hermanos mayores para que salvaran al perro..., pero cuando mis familiares vinieron, ya era demasiado tarde... El galgo ya no estaba allí y el hombre se hizo el desentendido. Los demás detalles no los recuerdo.

Quiero recordar que el mismo muchacho que había intentado asfixiarme con la bufanda, y, si no, otro muy parecido, otro día se puso ante mí y un amiguito mío a quitarle las plumas a un pájaro vivo que tenía en sus manos. Los alaridos del pájaro eran terribles, como así era el dolor y el daño que le estaba haciendo aquel niño endemoniado. Yo, movido por la compasión, le dije que dejara al pájaro..., y aquel muchacho endemoniado se burlaba de mí y me amenazaba. Cualquier cosa hubiera dado yo por haber librado al pájaro de aquel sufrimiento..., pero no sabía qué hacer. Quiero recordar que llevaba dos pesetas en mi mano; me las había dado mi madre para que fuera al cine: una para mí y otra para mi amiguito que me acompañaba. En aquellos años (años cincuenta) ir al cine y ver una película en color era un gran acontecimiento, una maravilla para los niños de mi edad. Por otro lado, poder conseguir una peseta para ir al cine era algo extraordinario, pues eran los años del hambre, después de la Guerra Civil de España, y los alimentos y el dinero eran muy escasos. Aquellas dos pesetas que yo llevaba en mi mano para ir al cine, para mí y mi amiguito, eran un gran tesoro... Ni corto ni perezoso, y queriendo acabar con el terrible dolor que estaba sufriendo el pájaro, se las ofrecí a aquel monstruo de maldad que se reía y disfrutaba con los dolores tan terribles de aquel pequeño animalito. Le mostré las dos pesetas en mi mano, y él, al verlas, se quedó admirado. Yo, lleno de caridad por el pajarito, se las ofrecí si a cambio me daba el pájaro, que ya estaba malherido.

Yo quería cambiarle el pájaro por las dos pesetas, y algo me dijo que no dijera para qué quería yo el pájaro, pues si lo hubiera dicho, posiblemente no me lo habría cambiado, ya que yo quería el pájaro para dejarlo en libertad. Rápidamente, aquel muchacho no dudó en darme el pájaro a cambio de las dos pesetas, pero yo, hasta que no tuve al pájaro bien agarrado en mi mano, no abrí mi otra mano para entregarle las dos pesetas. Aquel terrible muchacho, cuando vio las dos pesetas en su mano, por un momento se quedó pensativo y admirado, momento que yo aproveché para salir corriendo con el pájaro en mi pecho protegido por mis manos. Luego, lleno de temor, y queriendo salvar al pájaro de aquel sufrimiento, fui a una casa cercana, y, ayudando al pájaro a volar, lo arrojé al tejado para que salvara su vida y se salvara de aquella tortura. Por un momento, vi cómo el pájaro, tratando de salvar su vida, saltaba y se escondía entre las tejas del tejado. Quiero recordar que aquel hecho fue incomprensible y sorprendente para aquel malvado muchacho, pero no recuerdo más. Sólo recuerdo que aquella gran ilusión que tenía yo por ir al cine no significaba nada comparada con el hecho de haber podido salvar al pájaro de aquel sufrimiento.

Aquel chico tan malvado y otros parecidos a él fueron para mí una escuela del bien y el mal y también para poder comprender más tarde hasta dónde llega el mal que pueden hacer las personas. Más cosas tristes ocurrieron en mi niñez, más o menos parecidas y que ahora no creo oportuno recordar, que me hicieron comprender que el bien y el mal existen y también hasta dónde pueden llegar.

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5..... VIVENCIAS DE AMOR Y FELICIDAD

Dios me había hecho comprender que en el caminar por esta vida podemos encontrarnos con muchas cosas malas, muchas maldades y personas que se gozan en el mal y en el dolor de las personas y de todos los seres vivos. Y también, en otras ocasiones, pude vivir y sentir intensamente las delicias de la vida y de la Creación de Dios.

Cinco añitos tenía, según quiero recordar, cuando me enamoré por primera vez. Me enamoré de una niña, más o menos de mi edad, que se llamaba Antoñita. Ella también estaba enamorada de mí. Su casa estaba en frente de mi casa, y una hermana mía mayor que yo nos cuidaba mientras jugábamos con el consentimiento de la madre de la niña. Otras veces no estábamos tan vigilados y jugábamos al juego que más nos gustaba, esto es, a escondernos, y allí, escondidos, nos abrazábamos y nos besábamos. Recuerdo que para mi amiguita y para mí aquello era un mundo nuevo; eran unos momentos deliciosos y no había ninguna vivencia que se igualara en intensidad de emoción y de gozo.

Antoñita y yo disfrutábamos varias veces de aquellos momentos. Por otro lado, otro niño enamorado de mí también vivió conmigo experiencias de amor como los que yo estaba viviendo con mi amiga Antoñita. Yo no me sentía enamorado de él, pero me agradaba que él lo estuviera de mí y que me quisiera tanto.

Ni Antoñita ni mi amiguito ni yo, teníamos sensaciones de pecados predicados por ninguna falsa religión. Ahora comprendo que muchas religiones y sus nefastas leyes persiguen el amor y la felicidad... Pero en aquellos tiempos la confusión religiosa aún no había llegado hasta nosotros, niños de corta edad que empezábamos a vivir.

Recuerdo que un día los tres amiguitos nos sentíamos con tanto deseo de amarnos, que hicimos al lado de nuestras casas, en la explanada de la plaza del barrio, una casita con cartones. En nuestra inocencia, pensábamos que allí podríamos gozar nuestro cariño sin ser vistos por los mayores y por otros chicos. Nos juntamos los tres debajo de los cartones y besé a mi amiguita Antoñita. Luego le ofrecí a mi amiguito, que se llamaba Juanito, que gozara de las delicias de los besos de mi amiguita. Pero... ¡qué extraño!... Mi amiguito me dijo que quería disfrutar los besos y abrazos míos, y mi amiga Antoñita y yo respetamos con la mayor inocencia aquel deseo de nuestro amiguito. Y así juntos los tres, pasamos deliciosos momentos mientras nos abrazábamos y nos besábamos. Pasamos unos momentos deliciosos, momentos que durarían poco, porque aquel niño endemoniado que tanto nos perseguía, y que era bastante mayor que nosotros, tomando una piedra de gran tamaño, la arrojó contra el cartón de la chavola que nos servía de refugio.

Aquella piedra podría habernos hecho mucho daño a alguno de los tres, pero el techo de cartón paró aquel golpe brutal de la piedra. Aquel malvado muchacho quiso hacernos daño y dejarnos al descubierto, y los tres amiguitos enseguida descubrimos aquella maldad.

Nuestra felicidad fue truncada tan bruscamente, que estábamos asombrados. Él no paraba de reír, y nosotros, al ver aquella piedra de gran tamaño en el suelo junto a los cartones, nos fuimos rápidamente a nuestra casa asustados... Aquella piedra podía habernos hecho mucho daño.

CONOCIENDO UN POCO MÁS LA MALDAD

Después de todo aquello, otro día, bajando a la plaza a tomar el sol, una mañana, cuando mis hermanitos no estaban al tanto mío, volvió a acercarse a mí aquel malvado muchacho y me hizo ver que comía trocitos de pimiento que, según él, estaban muy dulces. Me sedujo para que yo lo probara, y yo, al sentir el dulzor del pimiento, empecé a saborear un trozo de pimiento y a masticarlo. Unos segundos habían pasado cuando enseguida sentí que me abrasaba la boca con un dolor inaguantable. Me había dado un trozo de pimiento muy picante. Con los ojos inundados de lágrimas aún pude ver la cara de aquel malvado muchacho riéndose y gozándose en mi dolor. Como siempre, fui a buscar refugio en mis hermanos mayores, que eran cuatro, tres muchachos y una muchacha... Pero aquel muchacho malvado ya se había ido de aquel lugar y había entrado en su casa.

UNA SEPARACIÓN DOLOROSA

A mi amigo Juanito lo veía con menos frecuencia, pero a mi amiga Antoñita la veía casi todos los días. Un día tuvimos el deseo de volver a estar juntos en algún lugar donde nadie nos viera..., y buscamos en una calle cerca de la plaza el portalón de un patio. Pocas personas pasaban por allí, y mi amiguita y yo, como dos novios enamorados, en un rincón del portalón nos pusimos a besarnos y a gozar las delicias del amor. Cuando ya nuestras delicias habían llegado hasta el séptimo cielo y estábamos de lo más ausentes del mundo, la voz de una mujer mayor nos despertó de aquel maravilloso sueño: "¡¿Qué hacéis?!", o algo así parecido, oímos chillar con mucha severidad... Cuando nos volvimos, vimos que era una anciana mujer vecina de nuestros familiares.

Nos amenazó y nos dijo que se lo iba a decir a nuestros padres..., y, ni corta ni perezosa, así lo hizo. Mi amiguita y yo, asustados, corrimos a nuestras casas..., pero la maldad y la confusión religiosa de aquella anciana eran muy grandes..., y aquel gesto de amor y de gozo de mi amiguita y mío, aquella mujer, lo interpretó como que era algo malo y que había que corregir severamente. Y así fue, fuimos "corregidos", amenazados y avergonzados, y los padres de mi amiguita Antoñita prohibieron a su hija venir a mi casa para que pudiéramos jugar.

Yo meditaba todas estas cosas y me preguntaba: ¿Qué mal habíamos hecho?...

Muchas cosas más ocurrieron en mi vida en cuanto al amor y el desamor. Muchas enseñanzas recibí igualmente en cuanto al bien y el mal que ahora no creo oportuno recordar, pero que agrandaron mi conocimiento ya desde niño, y que me dieron a conocer el bien y el mal, el amor y el desamor, la sabiduría que viene del cielo y la falsa sabiduría de los hombres que, llenos de vanidad, imponen sus pensamientos como si estos fueran agradables ante los ojos de Dios.

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6..... LAS PRIMERAS MANIFESTACIONES DEL AMOR DE DIOS QUE RECIBÍ EN MI ALMA

En los primeros años de mi niñez, desde cuando empiezo a recordar, mis familiares y amigos de mis familiares gastaban su vida discutiendo temas políticos y religiosos tratando de descubrir la verdadera justicia. Unos se declaraban ateos y otros aún no habían perdido totalmente la fe en Dios, pero todos querían saber, todos querían expresar sus sentimientos sobre la justicia...

También recuerdo que, aunque mi casa acababa de salir de un mundo en guerra donde las religiones habían dado tan malos ejemplos..., en los días de Navidad mi madre, mis hermanos y familiares más próximos, siempre celebrábamos los días de Navidad. Y es que las costumbres cristianas de celebrar la Navidad superaban todas las enseñanzas religiosas que no eran fieles al Evangelio.

La manifestación del amor de Jesucristo derramada en los hechos más sencillos del Evangelio, día a día fue grabándose en mi alma. Y aquellos hechos y enseñanzas de amor y de caridad pasaron a ser el centro de mi esperanza y de mi vida. Pero Satanás y sus demonios no dormían, pues en aquellos tiempos comenzaron a desarrollarse los cuentos y filosofías de magia y fantasía como nunca antes se había conocido. Y todo para hacer que el mundo se olvidara del Evangelio.

UNA VISIÓN QUE JESUCRISTO GRABÓ EN MI ALMA RELACIONADA CON LA MAGIA Y LA FANTASÍA QUE COMENZABA A INVADIR EL MUNDO

Seis años creo que tenía yo cuando tuve una visión, la cual he recordado en muchas ocasiones de mi vida. Eran los años cuarenta, vislumbrando los primeros días de los años cincuenta, según quiero recordar. En aquellos tiempos, la magia y la fantasía empezaban a desarrollarse en todo el mundo, y especialmente en Norteamérica, que en los años posteriores pasaría a ser un gran poder en el mundo.

En aquellos años se iban a desarrollar los grandes cuentos fantásticos de la magia y la fantasía que iban a apartar a muchos niños y jóvenes de la maravillosa realidad social y piadosa que nos enseña el Evangelio de Jesucristo.

Explicaré como mejor recuerdo la visión que me entregó el Señor:

"Quiero recordar que tenía unos seis añitos cuando vi un ¡¡fantástico enanito!! al entrar en mi casa una tarde. Estaba oscureciendo y venia de jugar. En la entrada de la casa había un pasillo y el interior estaba bastante oscuro. Y allí, en el interior del pasillo, a unos metros de la puerta, estaba aquel ser tan maravilloso. Yo le llamo enanito porque iba vestido como un enanito de los cuentos de fantasías y de hadas, todo vestido de rojo..., pero su cuerpo era como de un muchacho de unos doce años, bien formado. Él me sonreía y así estuvo varios segundos, como con intención de que quedara en mi mente grabada su imagen y sus vestidos.

Yo, maravillado y al mismo tiempo con temor, salí a la puerta de la calle y, mirando hacia el balcón del primer piso, que estaba sobre mí, comencé a llamar a mi hermana mayor, siempre muy vigilante de mí. Enseguida oí la voz de mi madre, que mandaba a mi hermana que bajara a buscarme. Cuando mi hermana apareció en la escalera, aún seguía viendo yo al fantástico enanito, pero enseguida se metió en una habitación de la planta baja en la que había una puerta. Mi hermana me preguntó que qué me pasaba y yo, lo mejor que pude, le expliqué que había visto a aquel ser tan maravilloso. Ella enseguida se acercó a la puerta de aquella habitación con intención de abrirla y ver quien había dentro. Yo estaba atemorizado y también maravillado. En aquella habitación no había ninguna salida más que la puerta por donde entraba mi hermana. El fantástico enanito entró en aquella habitación y no le vi salir aunque yo estaba atento todo el tiempo a la puerta por donde él había entrado... Mi hermana entró, pero allí no había nadie... El enanito había desaparecido, pero... ¿por dónde?...

Mi hermana, aún con cierto temor, me mandó subir a casa. Una vez arriba, yo traté de explicar a mi hermana y a mi madre lo sucedido, pero ellas, cargadas de problemas y preocupaciones, enseguida dejaron de escucharme... Yo, todo aquello, siempre lo guardé en mi corazón..., en los primeros años, por lo maravilloso de la visión, y en los años posteriores, cuando pude comprender el porqué de aquella visión, como señal del cielo que me indicaba revelaciones maravillosas".

Las maravillas que haría la bestia para confundir al mundo en los tiempos del fin ("haría maravillas y prodigios para confundir, si pudiera, a los mismos elegidos" -Apocalipsis-) ya estaban empezando a desarrollarse en el mundo como nunca antes se habían desarrollado. Todo aquello venía a confundir al mundo, y aquella visión venía a avisar a muchos a través de mí de que la magia y la fantasía apartarían a muchos del Evangelio de Jesucristo..., pero en aquel tiempo que la tuve yo era niño de pocos años y no pude hacer ninguna interpretación. Sólo lo guardé todo en mi corazón y así quedaron en mi recuerdo aquellas cosas hasta que llegó el momento de interpretarlas. Dios me estaba avisando de lo que venía al mundo: la magia y la fantasía que confundirían al mundo.

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7..... UN HOMBRE CONOCIDO DE MI PADRE SE QUEDÓ ADMIRADO Y SORPRENDIDO CUANDO ME VIO

Aquella visión del enanito vestido de rojo me había afectado mucho, y yo la guardaba en mi corazón..., pero Dios, en su misericordia, me visitaba con frecuencia en otras manifestaciones.

En verano, cuando vivíamos allí en Zamora, mi familia solía ir al río algunos días para comer o pasar algunas horas. Un día, mientras yo jugaba, mi padre vio a un amigo... Le saludó y, enseguida, se sentaron en unas piedras cerca del río. Yo, por un rato, estuve jugando..., pero luego tuve el sentimiento de acercarme a mi padre. Nada más llegar ante ellos (mi padre y el amigo que hablaba con él), aquel hombre me miró fijamente como asombrado; parecía que se le fueran a salir los ojos de la cara... Yo me quedé mirándole sorprendido al verle así..., y mi padre guardaba silencio mirándonos. Después de unos segundos, en los que aquel hombre me miraba tan fijamente y tan sorprendido, éste se dirigió a mi padre y le dijo: "¡Su hijo va a llegar a ser algo muy grande!"... Yo, ante aquellas palabras del hombre, me quedé muy acortado. Mi padre me miró al ver la admiración del hombre y se quedó pensativo por un momento..., pero los pensamientos de mi padre eran diferentes a los pensamientos de aquel hombre y, enseguida, disimulando aquel hecho, cambió de conversación y siguió hablando de las cosas que le interesaban y le embargaban en aquel momento.

LAS ENFERMEDADES Y MUERTE DE MIS HERMANOS ENTRISTECIERON MI CORAZON

En mi familia yo tenía tres hermanos más y dos hermanas. Mis tres hermanos eran mayores que yo. Y los dos más pequeños murieron con mucho sufrimiento, pues las fiebres producidas por la meningitis acabaron con sus vidas. Yo estaba en medio de todo y mi alma se llenó de tristeza, pues yo los quería mucho. Luego moriría mi hermano mayor.

En aquel mismo lugar donde había ocurrido aquella manifestación, donde aquel hombre había sentido aquellas cosas y había manifestado con palabras su emoción, antes o después, pues ahora no recuerdo bien, también ocurrió un suceso espantoso para mi familia y para mí..., pues en el río, en aquel mismo lugar, mi hermano mayor, ya con catorce o quince años, se había tirado al agua y, paralizado por una congestión, murió de una forma terrible que yo presencié y que me traumatizó grandemente por mucho tiempo.

EXPERIENCIAS MUY AMARGAS PARA UN NIÑO.

Los años pasaban... Unas preocupaciones terminaban y otras venían, y mi familia tuvo que salir de aquella casa de Zamora donde vivíamos para ir a buscar suerte a otros lugares. En nuestro caminar muchas cosas ocurrieron maravillosas y, por el poder de Dios, fui salvado de muchos peligros, cosas que ahora no creo oportuno recordar. Por fin, mis padres, buscando dónde ganarse la vida con sus trabajos, nos llevaron a mis dos hermanas y a mí hasta Madrid. Mis otros tres hermanos mayores que yo, ya habían muerto: uno, ahogado por causa de un corte de digestión mientras se bañaba en el río Duero en Zamora; y los otros dos, más pequeños que mi hermano ahogado, murieron de meningitis; uno, un año, y el otro, al año siguiente. Yo, como ya he dicho, presencié la muerte de mi hermano que se ahogó y sus últimos momentos angustiosos cuando lo sacaron del río. También estuve al lado de mis hermanos que murieron de meningitis entre terribles dolores de cabeza. En aquellos tiempos había muy pocas medicinas que pudieran combatir contra aquellas enfermedades... De varones, en mi familia, sólo quedé yo.

Yo había estado muy enfermo de pequeño, como ya he contado, y los años posteriores siempre fui muy delgadito y muy delicado. Mis hermanos, en cambio, eran fuertes y con mucha salud, sin embargo, Dios tenía destinado que yo sobreviviera y que mis hermanos mayores dejaran este mundo.

Una vez que llegamos a Madrid, mis padres trataron de ganarse la vida en diversos trabajos. Los familiares que teníamos en Madrid nos recibieron por unos días.

"Uno de aquellos días, un judío o judaizante ya mayor y con barba, venia predicando su religión..., su aspecto me emocionó y, mientras le escuchaba, yo sonreía. Él, como si creyera que yo me burlaba de él, me miró y dirigió contra mi palabras ofensivas que no guardaban relación con la inocencia con que yo le escuchaba... ¿Qué habría visto aquel judaizante en mí que le llenó tanto de ira?... Todo tiene su sentido. Y yo en aquel momento no comprendía aquel comportamiento del hombre, pero guardé aquel acontecimiento en mi corazón"...

Los familiares nuestros por su parte, al final "con buenas palabras", nos echaron a la calle. Sólo encontramos refugio en un barrio de casitas humildes (chavolas) junto a la casa de un amigo de mi padre, que había pasado la guerra con él, y que por suerte encontró en Madrid (la suerte está en manos de Dios)... En ese barrio, cada familia construía su humilde casita según podía y con los más humildes medios. En este lugar conocería más de cerca la maldad de los hombres y también viviría experiencias inolvidables del poder de Dios.

En el barrio en que vivía había muchísimas familias, y entre éstas se encontraban grupos de diferentes razas y pueblos de España..., etnias que guardaban diferentes tradiciones y que de toda España venían a refugiarse allí buscando trabajo.

En España, después de la guerra, como ya he explicado anteriormente, hubo tiempos de mucha escasez y muchísima hambre. Solamente los ricos pudieron hacer frente a tanta miseria, miseria que costó la vida a tantísimas personas... En Madrid, en el barrio donde yo vivía, aún estaban latentes los comentarios de la guerra y de los estragos, crímenes y hambre que las guerras provocan.
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EL HAMBRE NOS PERSEGUÍA

Después de la guerra, en las pequeñas ciudades hubo bastantes años de desigualdad, hambre y miseria para muchos..., pero donde más se viviría la miseria y el hambre sería en muchos barrios de pobres de las grandes ciudades. Y es que en los pueblos y pequeñas ciudades que se encontraban cerca del campo siempre había algo de verduras, caza o peces en los ríos, que quitaban mucho el hambre a los pobres..., pero en los barrios de pobres de las grandes ciudades donde no había verduras, caza ni pesca para alimentarse, la situación para muchos era más desesperada. En un barrio de estos (un barrio de Madrid) me encontraría yo en esos años. Pasaban los días y no había leche para niños ni mayores. Se comía muy mal y muy poco..., y a veces nos teníamos que conformar con una comida muy escasa al día... y, para muchos, no todos los días. En aquellos años, muchísimas familias vivieron el hambre y las necesidades hasta la desesperación.

Muchos fueron los días en que los hijos vieron llorar a sus padres porque estos no tenían nada que darles de comer. Uno de aquellos días, recuerdo que sólo teníamos un melón, muy pasado, para comer toda la familia. Mi padre lloraba por aquella necesidad y por aquellas injusticias..., y mi madre trataba de consolarle (estábamos sentados en un paseo de Madrid llamado "Paseo de las Delicias"). Yo, con ocho o nueve años de edad, ante aquella situación, le dije a mi hermana pequeña, que era un año menor que yo, que me siguiera. A mi madre le dijimos que íbamos a jugar (la situación era desesperada, pues era mucho el hambre que teníamos y eran muchas las horas que habíamos aguantado sin comer). Mis padres, ante su desesperación, no nos pusieron mucha atención. Enseguida hice lo que Dios puso en mi corazón. Nos acercamos a un edificio de varios pisos y, subiendo las escaleras, llegamos hasta el último piso con intención de pedir ayuda a los vecinos (yo sentía que cuanto más alto estuviera el piso, menos vergüenza me daría el tener que pedir para comer)... Yo era un niño muy vergonzoso. Si algún mayor me miraba insistentemente, me llenaba de timidez y me ponía enfermo de vergüenza..., pero el caso es que la necesidad y el hambre, en muchos casos, hace maravillas con las personas. Ni corto ni perezoso, no quise pensármelo mucho; yo sabía que si me lo pensaba mucho, no lo haría..., pero yo amaba a mis familiares y sentía que tenía que hacer algo por ellos.

Y así, empecé a llamar a la primera puerta. Puse a mi hermana delante de mí porque ella era menos tímida que yo..., y cuando vio lo que yo me proponía, enseguida me dijo que a ella también le daba mucha vergüenza..., pero ya era demasiado tarde, yo ya había llamado sin pensármelo; pasara lo que pasara, mi familia y yo teníamos que comer algo... y, para poder comer, teníamos que pedir. Cuando abrió la puerta la mujer de aquella casa, mi hermana, con la cara toda colorada, miraba hacia mí; se le había olvidado lo que yo le había dicho que tenía que decir... No recuerdo muy bien los detalles, pero quiero recordar que, al final, terminé hablando yo. La buena mujer, al vernos tan angustiados y tan colorados, enseguida comprendió nuestra necesidad y nos dio algo. Aquello nos hizo recuperar fuerzas, llenarnos de valor y seguir pidiendo en las otras casas... Cuando abrían la puerta, mi hermana ya sabía decir (cuando no se atascaba) algo así como: "Una pesetita, por favor". Si se daban por enterados y sacaban algo, yo hablaba lo menos posible..., y si preguntaban, Dios me daba fuerzas para explicarles, como podía, nuestra situación. Así es como aquel día pudimos conseguir algo para comer y saciar el hambre nuestra y de nuestra familia... Cuando terminó nuestra primera jornada de pedigüeños, yo sentía que mi hermana y yo habíamos sido dos héroes que habíamos hecho una gran obra de amor por nuestra familia. Luego, aquello tendríamos que repetirlo otras muchas veces en aquellos días y otros días difíciles...

TAN PEQUEÑOS, Y EN AQUELLOS DÍAS, APARTE DEL HAMBRE, TAMBIÉN TENDRÍAMOS QUE DESCUBRIR A NUESTRO ALREDEDOR SALVAJADAS Y CRÍMENES QUE SE COMETÍAN EN ESTE MUNDO

Una de las cosas amargas de mis experiencias vividas en aquel barrio de Madrid, fue el linchamiento de un hombre que supuestamente había agarrado a una niña de la mano y que, según comentarios de algunos, llevaba malas intenciones. La gente del barrio amiga de las guerras y de las ejecuciones, pronto se arremolinaron y comenzaron a golpearle tan brutalmente que parecía que querían matarlo. Mientras le golpeaban, le paseaban por las calles... Yo, despavorido al ver aquello, corrí a mi casa a decírselo a mi hermana mayor y a mis padres. Estos, atemorizados pero conmovidos por aquella salvajada, lograron ponerse entre los que más pegaban al hombre y lograron convencerles para poder llevarlo al cuartel de la Guardia Civil más próximo. A mi familia no les fue fácil convencer a los cabecillas de aquella revuelta, pero, mientras pegaban al hombre, los pasos de todos se dirigían al cuartel de la Guardia Civil motivados por la insistencia de mi familia. Cuando llegaron al cuartel de la Guardia Civil, todo se descubrió: el hombre sólo era un disminuido psíquico al que le gustaba jugar con los niños y nunca había hecho daño a nadie. El hombre quedó detenido en el cuartel de la Guardia Civil, pero mis padres y mi hermana dijeron que había llegado al cuartel muy malherido por la paliza recibida.

Yo, asombrado por todo aquello, no sabía qué pensar... Todo era demasiado cruel para mí; y el amor y el respeto que Dios había puesto en mi alma por la vida de las personas, era incompatible con aquella violencia y aquel mal.

Otra vez, ya oscurecido, me vi envuelto entre muchas personas que asistían a un juicio. Estas familias vivían en una lomita cercana al barrio y, por sus costumbres diferentes, vivían en un gueto separados de los demás. Eran una etnia diferente a los españoles. El caso era un caso de adulterio, y allí se trataba de que a la adúltera había que castigarla y dejarla marcada... Allí se hablaba de cortarle los pechos como castigo. Nunca pude saber qué significaba cortarle los pechos y qué clase de herida la podían propiciar. Unos chicos y yo estábamos cerca de la vieja casita llena de hombres y mujeres donde se entablaba aquel juicio. Enseguida empezaron los gritos de la mujer... Eran unos gritos desgarradores... Y yo, descompuesto de dolor por aquel hecho, fui a decírselo a mis familiares y vecinos... Estos, alarmados, me hicieron guiarles hasta aquel lugar; pero los integrantes de aquel jurado sanguinario se percataron de que venía un grupo de personas a pedirles explicaciones y cesaron los gritos de la mujer. Hubo preguntas, comentarios y explicaciones..., pero la mujer que gritaba había desaparecido, mi declaración fue desmentida y allí no se aclaró nada. Aquello fue otra experiencia muy amarga para mí.

En otra ocasión, una noche, varios hombres de un barrio cercano, sentados junto a un fuego preparado en una explanada, hablaban con odio de otros pueblos que no eran su pueblo..., y, entre estos comentarios, hablaban de un hecho terrible que habían cometido ellos con otras personas que ya no vivían allí... Y no contaban esos hechos como personas arrepentidas sino como los que se gozan recordando un hecho heroico, pues hablaban de que en años pasados un niño familiar de ellos había sido atropellado por un camión en un accidente; contaban que los familiares del niño habían cogido al conductor, lo habían llevado a un sitio despoblado y, vivo, le habían sacado los ojos... No recuerdo si hablaron de que luego lo habían matado, pues ya han pasado muchos años desde lo ocurrido. Aquella conversación de aquellos hombres también me hizo mucho daño en mi mente y en mi corazón y no podía entender tanta maldad.

Otro día vi cómo un vecino de mi casa cogió al perro que tenía, lo llevó a una explanada donde yo estaba jugando y, allí, delante de los niños, le ató sus patas y, con el martillo que llevaba, le golpeó y le golpeó la cabeza hasta que lo mató. La muerte del perro fue angustiosa y lenta, y sus alaridos quedaron grabados en mi alma por mucho tiempo... Cuanto más chillaba el perro pidiendo clemencia a su dueño, el dueño, al ver que no moría, le daba más martillazos en la cabeza y con más fuerza. Aquel perro sufrió una muerte lenta y terrible, y mi alma sufrió un dolor tan indecible..., dolor que no puedo expresar... Yo no podía comprender tanta maldad.


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FIESTAS DEL MUNDO Y OTRAS COSAS FALTAS DE CARIDAD

Los meses pasaban..., y mi padre, como fotógrafo, acudía a las fiestas de los pueblos para ganarse la vida. Allí conocí costumbres y tradiciones de los pueblos de España... Para mí fue otra experiencia terrible algo que conocí en estas fiestas... En estas fiestas se hablaba de cosas terribles que hacían los mozos con gallos, conejos y otros animales... Pero, en especial, las torturas a las que sometían a los toros bravos... En mi niñez presencié varias corridas de toros, y siempre me quedaba espantado, pues los toros me daban miedo..., pero los hombres me daban pavor cuando los veía con capas rojas, banderillas, lanzas y espadas... Cuando el toro estaba en la plaza, le torturaban de la forma más cruel, clavándole los arpones de las banderillas una y otra vez y, después de jugar con él todo lo que querían, al final le clavaban la espada para matarlo. Todos los toreros no eran buenos matadores y, a veces, se ensañaban con el animal clavándole varias veces la espada. El sufrimiento de los toros a veces era terrible y lento hasta que morían..., y yo veía a la gente loca gozándose en el sufrimiento de aquellos animales. Yo nunca pude comprender, ni comprendo, cómo las personas pueden gozarse en la tortura y el dolor tan grandes que se les produce a los animales cuando se les somete a este tipo de torturas en las fiestas de los pueblos.

Desde niño, presencié palizas de muerte, enfrentamientos, dolor, muertes y cosas muy terribles que no podía comprender mi alma. Fueron muchas cosas tristes y dolorosas las que viví. Yo no había vivido aquella guerra atroz, la Guerra Civil de España, de la que se hablaban cosas terribles en cuanto a la maldad de los hombres y en cuanto a las torturas, condenas de muerte, fusilamientos y tanto dolor como se produjo en aquel enfrentamiento, lo mismo en un bando que en otro, según contaba la gente... Pero viví unos años de posguerra en que el odio había dejado marcados a los hombres, y la caridad predicada por Jesucristo, en muchos casos parecía que se había olvidado...


UN GATO DESPELLEJADO VIVO

Aquel barrio de Madrid donde vivía estaba cerca del río Manzanares. Era una zona que se conocía como el barrio Embajadores. Un día, yo, con otros muchachos, en un descuido de mis familiares, nos fuimos a bañar al río..., y allí, bajo un puente que vulgarmente conocíamos como el "Puente Praga", vimos a unas familias acampadas y a unos hombres junto a un gato. El gato estaba atado por las cuatro patas a estacas clavadas en la pared..., y aquellos hombres, sacando navajas de sus bolsillos, comenzaron a clavarlas en la piel del gato tirando de la piel para despellejarlo vivo. Yo estaba aterrorizado... Era como si yo comprendiera perfectamente lo que me quería decir el gato con sus alaridos locos de dolor. Ya no recuerdo qué hacían mis amigos, pero yo salí de debajo del puente y corrí por el campo buscando la carretera que pasaba por encima del puente con esperanza de poder ver a alguien piadoso que pudiera parar aquella atrocidad que estaban cometiendo aquellos hombres con aquel infortunado gato. Parecía que Dios hizo pasar en aquel momento a alguien que me iba ayudar, pues por allí pasaba un guardia vestido todo de gris que en aquel tiempo eran conocidos como Guardias de la Armada. Yo le llamé y, cuando aquel hombre estuvo cerca para escucharme, yo aterrado, le conté como pude lo que había visto. El hombre, como desorientado, miró para atrás con muy mal gusto y le costó trabajo arrancar sus pies del camino que seguía..., pero yo, insistente en mis súplicas, conseguí que me siguiera. Aquellos hombres debieron percatarse de que aquel guardia y yo nos dirigíamos hacia aquel lugar donde estaban torturando al gato debajo del puente, pues cuando llegamos, allí seguían los hombres y algunas mujeres mayores que parecían familiares de ellos pero allí ya no estaba el gato. El guardia les refirió lo que yo le había dicho y, haciéndose los escandalizados, negaron con todo cinismo lo que yo había visto y lo que yo le había comentado al guardia. El guardia los miró a todos, luego me mandó subir con él a la parte alta del puente y, una vez allí, me aconsejó muy preocupado que me fuera rápidamente para casa y que no volviera a pasar por donde estaba aquella gente. Quiero recordar que el hombre sintió cariño por mí y había creído lo que yo le había dicho, pero él sabía los peligros que suponía aquella clase de gente... mientras que yo empezaba a descubrirlo. El guardia se fue y yo me quedé muy preocupado por todo lo que había vivido.

UNA DISCUSIÓN INTERESANTE ENTRE UN ATEO Y UNA MUJER CATÓLICA

Allí, en Madrid, en aquel barrio de Embajadores, comencé a ir al colegio. Era el viejo colegio conocido como Colegio de Unamuno. Aparte de la enseñanza normal, allí se imponía también una enseñanza dedicada a promover la religión católica. La encargada de acción católica en aquel colegio, a la que yo llamaba "señorita Carmina", quiso prepararme para la Primera Comunión y ser mi madrina, cosa que agradó a mi madre. Mi padre, en cambio, no estaba de acuerdo con la religión ni con los curas (sacerdotes) y se negó a que yo hiciera la Primera Comunión. Aquella mujer a la que yo llamaba "señorita Carmina", cuando se enteró de los sentimientos de mi padre, se puso en camino acompañada por mí, para hablar con él; para ella era muy importante que yo hiciera la Primera Comunión.

Cuando mi madrina de Comunión llegó a mi humilde casa, se quedó sorprendida y apenada al ver la pobreza en la que vivíamos. Aquella mujer me había tomado mucho cariño, y creo que hubiera dado cualquier cosa por mí.

Mi padre, después de escucharla con respeto, la despidió sin atender a su petición. La mujer pidió a mi padre volver a ser escuchada y mi padre, de mala gana, accedió a escucharla.

Mi madrina habló de su fe en Dios... Mi padre habló de la hipocresía de las religiones y cómo muchos obispos y sacerdotes consentían en guerras. Él creía que la religión era "el opio del pueblo" para adormecer la mente de los que vivían en la miseria y así no reclamaran justicia e igualdad.

Mi padre había sufrido mucho en la guerra porque fue una guerra terrible de odio, de muertes y de persecución... Le tocó sufrir en el bando perdedor... La mujer también había conocido relatos de muchas cosas malas que habían cometido los del bando perdedor. Y además contaba que ella había sufrido mucho, pues lo que ella más quería, su novio con el que se iba a casar y que era aviador, murió pocos días después de empezar la guerra. Mi madre era más moderada, y comprendía los grandes errores de los dos bandos en guerra. La vida de las personas era sagrada porque Jesucristo había mandado "No Matarás". Aquellos que se llamaban cristianos y mataban no eran fieles al Evangelio de Jesucristo. Ella comprendía que en España debería haber más igualdad, más justicia y más reparto de bienes, pero no era enemiga de Jesucristo ni de las enseñanzas del Evangelio.

La insistencia de la señorita Carmina por quererme llevar a mí al camino de Jesucristo, según ella entendía su religión, al final conmovió el corazón de mi padre,

En aquella discusión, al final venció la compasión. Al fin y al cabo, todos estaban cansados de la guerra y de sus atrocidades... y mi padre, ya más comprensivo, dijo a la mujer que consentía que yo hiciera la Primera Comunión, pero de la mano de mi madrina y no de la mano de los sacerdotes católicos, que para él sólo eran políticos disfrazados de sacerdotes.... Mi madre y mi hermana mayor, por su parte, más moderadas y con menos odio en su corazón, sintieron alegría de que, al fin, yo pudiera hacer la Primera Comunión. Todos se despidieron en paz, y la señorita Carmina, como yo la llamaba, como si yo fuera para ella un tesoro de gran valor, me llevó con ella a lo que ella creía que era la Iglesia verdadera.


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TIEMPOS REVUELTOS Y DE HAMBRE

Los años de escasez y de hambre fueron años tan terribles de miseria para los pobres que todo aquel desastre llegó a ser conocido por muchas naciones ricas. De Norteamérica se mandaron a España varias remesas de barcos con los excedentes americanos de leche en polvo, mantequilla y queso..., y de todos aquellos alimentos, aunque fueron controlados desde el primer momento por los sacerdotes católicos, aún pudo llegar gran parte de ellos a la población civil pobre y desprovista de todo.

Era tanta la mortandad de la población civil, que los colegios dirigidos por la acción católica se vieron obligados a alimentar a los niños dándoles un plato de comida, aunque en aquellos años sólo era una vez al día. Las demás comidas y meriendas se hacían en casa cuando se podía y los que podían...

Muchos hombres, sobre todo del campo, no recibían sueldos por sus trabajos, y sólo recibían vales para la comida escasa, y muy humilde, de cada mes de trabajo. Los años del hambre después de la guerra, fueron muy terribles en España... En los años de mi niñez era frecuente ver a muchas personas que se desmayaban por el hambre y la desnutrición cuando andaban por las calles tratando de buscar comida o trabajo.

Yo conocí a una familia vecina nuestra que me quería mucho, en la que murieron el padre y dos hijas ya mayores, y sólo quedó la madre. Habían muerto de tuberculosis, enfermedad que hacía estragos entre las personas que estaban sufriendo tanta hambre y enfermedades.

Yo estaba sobrecogido por todas aquellas cosas que conocimos, pero mi amor por Jesucristo me daba esperanza...

LA MANIFESTACIÓN DEL AMOR DE DIOS EN MI PRIMERA COMUNIÓN

Aquella mujer católica, que me acogió como ahijado para hacer mi Primera Comunión, trató de ayudarme en lo que pudo y procuró que a los niños pobres de la parroquia a la que pertenecía mi casa y que iban a hacer la Primera Comunión, aunque humildemente vestidos, no les faltara un pantaloncito, una camisa y unas zapatillas para aquella ocasión. Y una vez cumplidos todos estos requisitos y cumplida la enseñanza religiosa dedicada a la Primera Comunión de los niños, el día de aquella celebración llegó y todos asistimos al templo. Los familiares y amigos se sentaron en los asientos traseros, y los niños que íbamos a cumplir con aquel momento religioso, fuimos colocados en las primeras filas junto al altar.

Yo recuerdo que estaba muy tranquilo a pesar de la emoción de aquel momento..., y, mientras se cumplía la ceremonia religiosa, se cumplió también aquella manifestación a la que yo llamo "manifestación del amor de Dios". Aquello para mí fue un milagro..., pues la religiones más o menos confundidas, son una cosa, y el amor de Dios por sus hijos, es otra cosa diferente. A pesar de estar haciendo yo mi Primera Comunión en aquella religión, Dios me había elegido por mi buena voluntad y mi amor a Jesucristo para que al final siguiera fielmente el Evangelio que parecía que nadie quería seguir.

Lo primero que comencé a sentir fue un gran gozo en todo mi cuerpo, luego sentí como si Dios me elevara por encima de todos los presentes en aquel templo... Era una sensación de felicidad que nunca pude ni puedo explicar perfectamente. Era como si Dios me abrazara y me llevara en sus manos volando hasta el cielo. En todo mi cuerpo sentí una sensación de placer como nunca antes había sentido. Entonces, yo no podía explicar aquel gozo ni aquel momento espiritual tan cerca de Dios. Era como salir de este mundo y encontrarse de pronto en el cielo después de recibir un cuerpo nuevo gozando las delicias más intensas que nunca antes había conocido...

La misa continuó, y yo, maravillado con lo que me estaba sucediendo, sólo pude recibir aquellas experiencias sin capacidad para pensar en todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. En los actos que vinieron después, me dejé llevar haciendo las cosas que hacían los demás y pensando, maravillado, qué es lo que me había sucedido y qué era lo que me estaba sucediendo... Hoy, después de tanto tiempo, sólo encuentro una explicación: Nuestro Señor Jesucristo había llegado hasta mí, me había fundido en su Cuerpo, me había arrebatado hasta el cielo, y las delicias de su amor habían llegado hasta mi alma.

Quiero recordar que cuando ocurrieron estas cosas, yo tenía nueve años. Me sentía un hombrecito... Era fuerte y decidido... Y ahora recuerdo que lo que yo sentía en aquel momento y sigo sintiendo es que el amor de Jesucristo me había inundado haciendo que yo viviera aquellas delicias y aquel milagro de amor...

Después de estas experiencias tan maravillosas, volví a mi vida normal en la familia pero todo lo ocurrido aquel día yo siempre lo he guardado con mucho cariño y respeto en mi corazón.


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LOS AÑOS SIGUIENTES...

Los años siguientes, igual que en mi niñez, no fueron tampoco fáciles... Colegios, aprendizaje, enfrentamientos con los chicos, peleas, amores de algunas chicas que conocía, desastres sociales, mucha miseria en mi casa y a mi alrededor, lágrimas, sufrimiento... y también risas y algunos buenos momentos...

También recuerdo un desastre que pudo habernos costado la vida a mi familia y a mí.

Mis padres, mis hermanas y yo, habíamos hecho una pequeña orquesta familiar y, tocando la música en las fiestas de los pueblos, nos ganábamos la vida. Los días que no tocábamos en las fiestas mi padre llevaba una máquina de cine y daba funciones de cine en los pequeños pueblos donde podía. Yo tocaba un acordeón y mi hermana mayor también tocaba el acordeón. Mi padre nos acompañaba tocando la batería. Con éste pequeño espectáculo familiar estuvimos varios años ganándonos la vida.

Un día llegamos a un pueblito de la montaña de León llamado Rivadelago. Era ya un poco tarde y preguntamos en el salón para hacer la función aquella noche... Pero aquella noche, un partido político de aquellos pueblos, proyectaba una película. Nosotros llevábamos varias películas y podíamos haber estado allí varias noches haciendo la función con la música y el cine... Parecía un buen pueblo... Pero no pudo ser, y nos bajamos de aquel pueblo que estaba en la montaña a los pueblitos que había más cerca del llano. Creo que fue a la mañana siguiente cuando nos dijeron en el pueblo en el que estábamos que aquel pueblito de la montaña llamado Rivadelago, donde habíamos estado, había desaparecido bajo las aguas de un pantano próximo cuyo dique de hormigón mal construido había reventado. Grande fue nuestra sorpresa y nos quedamos admirados, pues si nos hubiésemos quedado allí aquella noche, posiblemente hubiéramos muerto o, en el mejor de los casos, hubiéramos tenido grandes problemas, pues contaban las noticias que había habido muchos muertos y heridos.

Entonces, yo estaba perplejo por lo ocurrido... Después de los años, sentí muy profundamente que Dios me tenía destinado para algo muy importante, y satanás y sus demonios intentaron acabar conmigo. Desde que empecé a ser un hombrecito, también empecé a sentir que Dios guiaba mis pasos y, constantemente, estaba protegiendo mi vida.

UN GRAN PROBLEMA FAMILIAR

Otro día, en otro pueblo, mi hermana mayor me invitó a dar un paseo por el campo. Ella ya tenía unos veinte años... Nunca había tenido novio y sentía un gran deseo de casarse. Mi padre no estaba de acuerdo con ella ni con sus sentimientos. No le consentía salir de casa. Yo era ya un hombrecito con trece años y era muy profundo y muy sensible ante aquellos problemas familiares. Mi hermana me dijo que no sabía qué hacer, pues si ella se iba en un descuido de mi padre, mi padre la había amenazado con matar a mi madre.

La obsesión que tenía mi padre con mi hermana mayor era de locos y mi hermana se sentía muy amenazada, no ya por su vida si huía de casa sino por la vida de nuestra madre y de toda la familia. Yo, entonces, paseando por el campo y hablando con ella, recordé que en algún lugar había leído que ni una hoja cae de un árbol sin que Dios lo quiera, y esa era mi fe. Entonces, ante aquel problema tan delicado, yo le invité a consultar a Dios dejándolo todo a la suerte. No recuerdo si fue con una moneda o con una piedra plana en la que marcamos una cara y una cruz, y ésta fue mi inspiración: una parte de la moneda (o la piedra) sería "sí" y la otra parte sería "no". Pensamos que con aquel "sí" y aquel "no" de la moneda (o la piedra), arrojándola al aire y haciéndole dar vueltas, cuando cayera al suelo podíamos hallar la respuesta de Dios. A mi hermana le pareció bien aquella forma de consultar..., ella estaba en un gran dilema, necesitaba el consejo de Dios y hasta ahí llegó nuestra fe. Consultamos y salió que se fuera, según quiero recordar... Y así lo decidimos los dos..., pero luego se volvió a llenar de temor y no cumplió con la inspiración...

La tensión familiar fue en aumento, las amenazas también... Con tantos disgustos y amenazas, vivimos muy amargas experiencias que, posiblemente, podrían haberse evitado, pues quiero recordar, como he dicho antes, que en la consulta a la suerte que hicimos a Dios salió que sí, que mi hermana se fuera..., pero ella no se fue y después tendríamos graves problemas... Si ella se hubiera ido, quién sabe si aquellos problemas se hubieran podido evitar...; sólo Dios lo sabe.

Los años pasaron, mi padre había muerto y mi hermana ya no estaba con nosotros. Nosotros vivíamos en Madrid y ella se fue junto a unos amigos que la querían. Eran profesores de baile y vivían en Sevilla.

Recordar esta experiencia tan amarga es para recordar nuestra fe en Dios y qué difícil es cumplir con lo que Dios manda cuando las cosas se ponen en contra hasta tal punto que pueden amenazar nuestra vida.

Podría intentar recordar más cosas, cosas que me llenaron de sabiduría y de experiencia, cosas espirituales que me iban acercando cada día más a Dios, que me iban llenando de sabiduría y me iban trazando el camino hacia un encuentro de amor con Dios y hacia un amor muy grande a Jesucristo. Pero aquí lo dejo de momento. Sigamos adelante.


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CON 13 AÑOS COMENCÉ A ESCRIBIR MI PRIMER LIBRO

Quiero recordar que tenía yo trece años cuando comencé a escribir mi primer libro. El título que elegí para el libro era, y sigue siendo, "La Torre de la Venganza". Recuerdo que comencé a escribirlo cuando, con nuestra función, recorríamos los pequeños pueblos de las tierras de la provincia de Soria... El argumento del libro estaba basado en un amor, una venganza, un desenlace terrible..., pero, cómo no, también una gran esperanza... Habían sido muchas las discusiones que había conocido en España por causa de las guerras, la política y la religión. En este libro quería hacerme eco del dolor de tanto sufrimiento vivido por tantas personas de buena voluntad perseguidas y torturadas en los tiempos de las guerras... Muchos años me llevó escribir este libro hasta llegar a sus últimas páginas... Y es que muchas veces tuve que dejar de escribir porque una gran parte de todo lo que yo quería expresar, estaba oculta para mí. Yo no lo sabía, pero todos los conocimientos que tuve que buscar y encontrar para la culminación de aquel libro, iban a ser una gran base y preparación también para la culminación de este libro dedicado a Jesucristo que ahora os escribo y que quiero ofrecer a Nuestro Señor con todo mi corazón.

Como he dicho antes, en mi familia había habido grandes problemas familiares, y después de muchos problemas y después de los años mi padre murió. Desde el pueblito de Burgos donde murió mi padre, yo tuve que conducir el camión vivienda que llevábamos, escoltado por la Guardia Civil, hasta un pueblo más grande conocido como Aranda de Duero. Los motivos que nos forzaron a vivir aquellas circunstancias son para mí muy dolorosos, y ahora no tengo ánimos para recordarlos, ¡eran problemas familiares muy graves!...

Yo tenía catorce años y era muy hábil para conducir. Los guardias civiles confiaron en mí; era una emergencia. Una vez en Aranda de Duero, buscamos un conductor que nos llevó desde allí hasta Madrid. Aparcamos el camión cerca de donde vivían unos parientes en una calle tranquila y, allí en aquella calle y en nuestro camión, viviríamos varios años. Los parientes, que eran la única ayuda familiar que podíamos recibir, al ver nuestra pobreza, poco caso hicieron de nosotros.

Mi hermana mayor ya no estaba con nosotros, intentó abrirse paso trabajando de bailarina, luego trabajando en un bar y, al final, enamorada de un americano, se casó con él y ambos se fueron a América con una hija que ya tenían. Mi madre, mis hermanos y yo ayudamos en todo lo que pudimos a mi hermana mayor hasta que ésta se vio en América con su marido y su hija... Mi hermana había sufrido mucho por los problemas familiares que he contado anteriormente y por otros problemas que ahora no creo oportuno recordar, y todos quedamos contentos de que se fuera y emprendiera una nueva vida. Pero, por otro lado, mi familia y yo nos quedamos muy tristes y muy solos cuando ella se fue a América.

Cuando murió mi padre, mi madre, con cerca de cincuenta años estaba enferma. De los hijos que habíamos quedado con ella, mi hermana era la mayor y no pudo ayudarnos mucho, y luego se casó, tuvo una hija y se fue América, como he dicho antes. Desde que murió mi padre, yo era el que podía trabajar y ganar algo de dinero, y sólo tenía catorce años. Fueron años de mucha necesidad, pero yo no abandoné a mi familia y, con las cincuenta pesetas que ganaba entonces cada día trabajando de aprendiz en una obra, nos manteníamos todos. Comíamos muy pobremente, pero salimos adelante.

Mi madre, por su parte, buscó ayuda del gobierno reclamando la ayuda como viuda y con cuatro hijos que vivían en la calle en un furgón junto a la tapia de un cobertizo, pero en aquel tiempo (año 1958) no había ayudas sociales para nuestro caso... Por otra parte, mi madre en esos años había caído enferma del hígado; lo pasó muy mal. De mis otros tres hermanos, la mayor tenía doce años y no podía trabajar en nada; los otros dos que en aquellos años había tenido mi madre, antes de que mi padre muriera, eran bastante más pequeños. Sólo teníamos para comer lo que yo pudiera ganar, así que con catorce años pregunté en una obra que hacía los túneles del Metro de Madrid, si yo podía trabajar allí, y allí me puse a trabajar (en aquel tiempo los niños podían trabajar desde los catorce años).

Cómo he dicho anteriormente, ganaba muy poco (cincuenta pesetas al día) y con aquel salario sólo podíamos comprar comida para comer muy pobremente. Por otro lado, el trabajo que yo tenía que realizar era el trabajo que tenía que realizar cualquier hombre, eran trabajos de mucho esfuerzo, a pico y pala, para hacer zanjas, descargando camiones de tierra y camiones cargados de sacos de cemento; cada saco pesaba cincuenta kilos y había que descargarlos a mano. Yo no era muy fuerte ni corpulento, era de estatura normal y muy delicado. Tuve que realizar grandes esfuerzos para resistir el duro trabajo cada día, muy mal alimentado y con sólo agua para beber. No puedo contar todas las penalidades y esfuerzos del trabajo, que eran terribles para un niño, ni tampoco puedo contar con todo detalle cuánto era lo poco que comía; sólo puedo decir que sólo un milagro de Dios puede hacer que un niño de catorce años resistiera tanto trabajo con tan poco alimento y una vida con tanta pobreza y esfuerzos. Eran los años de la posguerra y el general Franco había tomado el poder y él, sus generales y la religión católica supeditada a ellos, se hacían pasar por los libertadores de España. Mi corazón sentía cosas muy diferentes.

Probé suerte en otros trabajos, pero todos fueron muy duros y había que realizar grandes esfuerzos para hacer bien el trabajo y que los encargados y jefes no me despidieran, pues aún no tenía los dieciocho años, que era la edad que se necesitaba para recibir el salario de peón (sólo me pagaban el salario de aprendiz). La fuerza mayor que recibía cada día me venía del cielo transformada en esperanza, esperanza en la misericordia de Dios que me hacía sentir que Dios me estaba mirando desde el cielo y que me decía en mi alma de alguna forma que resistiera cada día, que Dios me amaba... Así pasé varios años trabajando muy duramente para que todos pudiéramos comer y sobrevivir, aunque de aquella forma tan pobre y humilde.

Después, unos familiares, que eran músicos y artistas de teatro, se enteraron de que estábamos recogidos allí en aquel camión averiado y aparcado junto a la tapia de un cobertizo. Nos fueron a ver y luego me dijeron que me pagarían lo que yo ganaba en la obra (cincuenta pesetas cada día) si les acompañaba para hacer teatro y tocar el acordeón en las fiestas de los pueblos. Yo, con la esperanza de lograr algo mejor para mi familia, acepté, pero con mucho temor..., pues tuve que dejar a mi madre y a mis hermanos en Madrid en el coche vivienda junto a aquella tapia de aquel cobertizo (prácticamente estaban en la calle) expuestos a muchos peligros. Yo confiaba en Dios, y ahora comprendo que Dios cuidó de mi familia.

SIGUIENDO LOS CAMINOS DE DIOS

Había dejado a mi madre y a mis hermanos en Madrid en aquel coche vivienda junto a la tapia de un edificio, y en frente de una casa de una familia piadosa que nos daba agua de su casa...

Con mucha pena los dejé, pero con la esperanza de volver pronto a por ellos para llevarlos conmigo; mis familiares de alguna forma me habían dado aquella esperanza, pero pronto comprendería que nadie quería cuidarse de mi familia, pues de mi familia solamente se cuidaba la caridad que había puesto Dios en mi corazón.

Cuando salí con mis familiares, yo actuaba como músico tocando un acordeón con ellos, que formaban una pequeña orquesta y tocaban en las fiestas de los pueblos. También hacíamos teatro casi todos los días antes del baile.

Un día, llegamos a un pueblecito de la Sierra de Ávila (San Juan del Molinillo) y allí preparamos el escenario para hacer unas funciones de teatro; además ofrecíamos baile para todos antes y después de la función. ¿Por qué me había llevado Dios hasta aquel pueblo?... ¡Allí viviría experiencias del amor de una muchacha a la que siempre recordaría!...


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UN RECUERDO DE AMOR

Horas antes del baile, por la tarde, cuando caía el sol, mis primos y yo nos pusimos a entregar unos panfletos por las casas para anunciar el baile y la función de teatro que hacíamos aquella noche. Después de informar a varias personas de aquel acontecimiento, llegamos a una casa junto a la carretera del pueblo. Su patio, que daba a la carretera, estaba adornado de rosales y allí se encontraba una mujer mayor con sus dos hijas; estaban sentadas alrededor de una mesa de hierro pintada de blanco. Uno de mis primos se adelantó a mí y se dirigió a la mujer y a sus hijas, pidiendo permiso para entrar al patio. ¡Allí estaba ella!..., ¡aquella preciosa muchacha!... ¡nunca había visto nada igual!...

Mi primo quería persuadirlas para que asistieran al baile, pero aquella muchacha, esplendorosa como una hermosa virgen, no ponía atención a las palabras de mi primo. Desde que aparecimos en el patio, clavó su mirada en mis ojos... Luego, interrumpiendo la conversación y dirigiéndose a mí, me preguntó:

--¿Tu también actúas en el teatro?

Aún recuerdo con mucho cariño estas palabras y las guardo en mi corazón. Dios había puesto en aquella muchacha un amor tan grande por mí que había sobrecogido todo mi ser. Fue una vivencia maravillosa.

Yo, enseguida, le contesté que sí, que yo también actuaba. La muchacha no paraba de mirarme y sonreírme. Yo estaba un poco emocionado por lo que sucedía..., y cuanto más me prendaba de su hermosura y más la miraba, ella más acusaba su nerviosismo y su emoción: un amor muy intenso fue naciendo entre los dos mientras hablábamos.

Luego, su madre nos invitó a que nos sentáramos a tomar algo. Yo, con una alegría muy grande, acepté el ofrecimiento sin esperar el parecer de mi primo. Éste estaba admirado por lo que estaba ocurriendo entre aquella muchacha y yo..., pero tampoco puso reparos en sentarse a la mesa. Pasamos unos minutos sentados a la mesa y conversando con las tres mujeres.

Los preparativos para la fiesta nos reclamaban y tuvimos que dejar pronto a aquella familia que tan amablemente nos había acogido. Yo estaba admirado por aquella muchacha, y, de una forma inconsciente, daba gracias al cielo por todo lo ocurrido...

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Mientras montábamos el escenario, los nervios no me dejaban... Vivía como en un paraíso de emociones; me costaba creer todo lo que estaba viviendo y había vivido tan cerca de aquella muchacha tan bonita.

Aquella noche representábamos una obra de teatro en el salón del pueblo, pero antes, en el mismo salón, pusieron música de baile. Unas jóvenes que venían de Francia, acompañadas por amigos y amigas del pueblo, entraron al salón y se pusieron a bailar. Estaban todos muy alegres y aquella alegría nos contagió a mi primo y a mí. Enseguida dejamos los preparativos del escenario en manos de los padres y hermanas de mi primo, y, acercándonos al grupo que bailaba, nos pusimos también nosotros a bailar.

Una de las jóvenes que venían de Francia, bastante atractiva, se acercó a mí y, juntos, bailamos por unos minutos. Por unos momentos, aquella alegría suavizó la pasión que vivía en mi alma..., pasión por aquella muchacha que había conocido horas antes en aquel patio adornado con rosales.

El ruido de la música y del bullicio del salón llegó hasta los oídos de mi amada, y ésta, movida por la curiosidad, se acercó hasta el salón... Se quedó muy sorprendida al verme tan entretenido y alegre con aquella otra joven que bailaba conmigo; yo no conocería estos detalles hasta más tarde. Mi amor, posiblemente, no había conocido hasta aquel momento lo que eran las heridas que producen los puñales de los celos... Yo no la había visto acercarse al salón y no sabía lo que estaba viviendo aquella muchacha.

A la hora del teatro, los habitantes de aquel pueblo comenzaron a traer sus sillas al salón, como era la costumbre, e hicimos la representación. Mi amor y su familia no faltaron a aquella cita... Nuestras miradas se cruzaban con frecuencia, pero en la mirada de aquella muchacha ya no había sólo deseo y alegría, sino una disimulada tristeza, la cuál yo no comprendía.

La representación terminó y ya era muy tarde; no tuve oportunidad de hablar con ella. Es cierto que yo era muy joven, sólo tenía diecisiete años...; ella, con sus diecisiete años, apunto de cumplir dieciocho, era toda una mujer... Quizás debería haber hecho más por verla y hablar con ella aquella noche, pero mi falta de experiencia y mi timidez se convertirían en algo muy triste en los días siguientes.

Al día siguiente, por la mañana, antes de comer habíamos anunciado al pueblo unas horas de baile. Los preparativos tenían todos mis sentidos sumidos en la preocupación que comportaba el baile y la función previstos para la noche.

Después de unas horas, comenzábamos el baile... Los músicos éramos mi primo y yo, que tocábamos un acordeón cada uno, y también una prima mía, que tocaba la batería. Estábamos tocando la música sobre el mismo escenario donde la noche anterior hicimos el teatro.

A los pocos minutos de empezar a tocar, apareció aquella muchacha..., ¡no faltó a la cita!..., ¡¡cumplió su promesa!!... Yo, bastante inconsciente de todo aquello que me estaba ocurriendo, no pude comprender en aquel momento lo enamorada de mí que estaba aquella muchacha.

Venía acompañada de su hermana, y vestía un precioso vestido amarillo claro. ¡Qué belleza tan grande!... Cuando apareció en el baile, todo el mundo se la comía con la mirada...

Valiente, con seguridad, y sin disimular sus sentimientos hacia mí, se sentó a una mesa junto al escenario; estaba muy cerca, y me prometía con sus miradas que todas sus atenciones eran para mí. Quiero recordar que algún mozo del pueblo la invitó a bailar, pero ella en ningún momento accedió a la invitación.

Cuando más centrado estaba yo tocando mi acordeón, fue requerida nuestra atención por la hermana de aquella joven, pues se acercó al escenario y le pidió a mi primo que tocara una melodía conocida como "Luna de Miel" para su hermana, MariCarmen, y se la dedicara, ya que cumplía aquel día los dieciocho años. Mi primo no tenía en su repertorio aquella canción y le contestó que podía tocar otra en su lugar. La muchacha se quedó un poco triste y yo, enseguida, les pregunté qué era lo que ella quería. Cuando me lo dijeron, ¡¡me dio mucha alegría!!... pues yo sí conocía aquella canción aunque la tenía un poco olvidada. Ahora comprendo que aquello fue un milagro, pues yo había aprendido a tocar aquella melodía con mucho cariño y nunca supe por qué; ahora lo comprendo todo..., Dios había hecho las cosas así para que yo complaciera a aquella muchacha enamorada.

Entonces, enseguida dediqué dicha melodía a MariCarmen..., y también anuncié su cumpleaños a todos los que se encontraban en el salón. Yo estaba muy nervioso, pero quiero recordar que no lo hice mal del todo.

Ella se encontraba cerca del escenario y no hacía más que mirarme. Termino la melodía y MariCarmen se acerca y me da las gracias; entonces no supe qué hacer..., empezábamos a tocar y no era oportuno que ningún músico se ausentara del escenario.

El baile transcurría tranquilo, pero nuestros corazones lanzaban al aire suspiros de amor... Sólo una cosa frenaba nuestros impulsos, y era nuestra timidez y nuestros pocos años; ¡era un amor como el amor de dos niños que se acababan de encontrar!...

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LA BANDERA BLANCA DEL AMOR Y DE LA PAZ - 2
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